Mamá perdió la guerra

"No hay jamás ocasión para afligirse, la realidad no es triste ni alegre, los hechos son sólo los hechos. Lo que importa es la manera como el hombre supera su situación". (SIMONE DE BEAUVOIR)
Mis dos abuelos enfilaron el camino del exilio durante la guerra, las abuelas descartaron seguirles. La abuela materna era una mujer delgada con unos hermosos ojos azules. Bondadosa y muy discreta, contagió a sus hijas su afición por el cine. La mayor añoraba al padre, recordaba con nostalgia sus largos paseos entre viñedos. Buscó como esposo a un hombre esbelto, con aspecto de galán, aficionado a un pequeño huerto como el padre y, a diferencia de éste, muy casero y ajeno a la política. Mamá se inspiró para su imagen en la discreta elegancia de las actrices del momento teniendo que recurrir a los actores para recomponer su ideal masculino pues apenas había conocido a su padre. Inocente, simpática, no era alta pero poseía un cuerpo admirablemente proporcionado y un hermoso rostro. Ni un sólo día de su vida ha salido de casa sin cumplir con el largo ritual del maquillaje ni de dar forma a su cabellera rubia.
La abuela paterna fue -sigue siendo en su aparente eternidad- una mujer dominante, muy ansiosa y escasamente generosa. Quizás ese egoísmo la haya ayudado a preservarse, a sobrevivir a buena parte de la familia, incluído el hijo que tanto quiso y tanto admiró, sin que nada justificara ni lo uno ni lo otro, y en contraste con el amor menos incondicional que dispensó a su hija. Tal vez porque el hijo fue físicamente una copia del esposo que adoraba y lo único que le dejó éste antes del forzado abandono. Papá creció también sin modelo masculino y, lo que es peor, sin otro progenitor que le permitiese eludir la férula materna con su desequilibrante doble vínculo de ansiedad y dominio protector.
Mamá buscó su propio modelo entre los actores. Encontraría demasiado serio al actor preferido de la abuela, descartado por insólito el modelo de la hermana mayor: un galán regresando del huerto con un cargamento de hortalizas... ¿en qué película se había visto algo semejante?. A los ojos de mamá el guión perfecto unía al hombre simpático con la mujer bella y bondadosa. Importaba menos en él la belleza física o la posición económica, rechazaba en ellas de forma tajante la frivolidad, la ambición y, en ambos casos, la maldad. La ficción se hizo realidad, la bella muchacha se precipitó en brazos del joven encantador de serpientes que contagiaba seguridad, ese sentimiento que inconsciente y constantemente le había reclamado la madre como antídoto a la propia ansiedad. Para él la ingenuidad y el conformismo de mamá suponían una liberación del yugo materno.
Sin exagerar, mamá estuvo en condiciones de elegir a cualquier hombre célibe de nuestra ciudad. Desgraciadamente la tremenda realidad fue que optó por el menos indicado. A medida que transcurrió el tiempo -y lo que es peor, que se encadenaban sus embarazos- se fue dando cuenta de que el enorme encanto de papá era una añagaza, una trampa. Su umbral de tolerancia a la angustia era tan bajo que cualquier problema, por simple que fuese, recibía una respuesta automática, no importa cual, a modo de cortocircuito, sin el previo proceso habitual de elaboración mental, de reflexión y toma de decisión. Este déficit le impedía adquirir experiencia y un hombre sin experiencia sigue siendo un niño, un niño egoísta en busca de su propio placer. El desastre fue de consideración y como cualquier otro disocial eludió esa situación sin salida, de permanente conflicto con los demás, buscando un refugio artificial, en su caso el alcohol, que lo deslizó algo prematuramente hacia la tumba.
Pienso que si mamá hubiese podido conservar a su lado a su padre hubiese elegido a otro hombre como esposo. En cambio no puedo saber si de haber conservado papá al suyo hubiese desarrollado otro tipo de personalidad. No está claro que las características particulares de la personalidad materna fueran suficientes para inducirle la psicopatía, en todo caso parece que no sin una predisposición genética de fondo. Pero eso yo no lo sé ni me consta que la ciencia haya podido encontrar una respuesta. Sí me parece claro e importante señalarlo: la ausencia del abuelo a causa de la guerra influyó en el fracaso posterior de mamá.
A ella no le apetece acordarse de ningún momento de su matrimonio, aunque los primeros años, pese a los inevitables vaivenes, fueran relativamente buenos. Los hijos mayores tuvimos una infancia no exenta de ciertos lujos materiales. Poco aficionada al cine por razones obvias al igual que yo, mi hermana buscó que su futuro marido tuviese el sentido del humor de papá y que fuese absolutamente contrario en todos los demás aspectos. Y así fue. Nunca he tratado este tema con ella, lo he tratado en soledad, conmigo mismo y siempre acabo por reírme, por reírme solo. Obsesionado con la limpieza y el orden mi cuñado mantenía la casa sin una mota de polvo, la ropa sin una sola mancha, el despacho ordenado con rigor, el auto, impecable, siempre como nuevo... En cambio recuerdo a papá en sus peores momentos: la abuela y yo esperando de noche delante del televisor. Oíamos un estruendo en la calle. Nos mirábamos, sin decirnos nada porque ya sabíamos, nos dirigíamos sigilosamente a la ventana que daba a la calle. Lo veíamos haciendo espacio para aparcar su coche golpeando al de delante y al de atrás, luego saliendo con el cenicero repleto de colillas para vaciarlo en el portal de la vecina que lo había criticado, buscando la llave de la casa en los bolsillos, buscando la cerradura con la llave en la mano... Finalmente aparecía tambaleándose, el rostro ampuloso y enrojecido, sin afeitar, los ojos brillantes, parte de la camisa por encima del pantalón manchado de ceniza... La abuela se enfurecía terriblemente, aunque le preocupaba sobre todo si lo había visto algún vecino... El se dejaba caer en el sofá y se reía a carcajadas.