
Egipto es el Nilo, el agua es vida. Los más de setenta millones de egipcios viven junto al río o en su extensísimo delta. El resto es un inmenso desierto. Viernes, 24 de noviembre: nuestro avión desciende al atardecer en Asuán, a la puesta del sol un cielo rojizo nos da la bienvenida. Un minibús nos traslada al muelle por una carretera flanqueada por acacias, palmeras y lantanas. Nos acomodamos y cenamos en el Akhnaton, uno de los más de trescientos barcos que surcan el sur, entre Asuán y Luxor. Alguien cuenta que estos cruceros ya no van más allá de Luxor para evitar agresiones a los turistas por parte de los lugareños empobrecidos y fundamentalistas. De noche contratamos un par de taxis para conocer el centro de Asuán. Tomamos té y karkadé (infusión de color rosado a base de pétalos de hibisco) en una terraza donde nos abordan los primeros vendedores. Luego recorremos una parte del zoco: una calle ancha y oscura, sin asfaltar, polvorienta, repleta de comercios que venden chilabas, especias, falsos papiros, estatuillas... Casas desvencijadas, suciedad, hombres en chilaba y hermosos turbantes deambulan sobre el polvo, los comerciantes se nos acercan, nos acosan, insisten en vender con las palabras aprendidas de los turistas españoles que nos han precedido. Noche a bordo en los camarotes del Akhnaton varado en el muelle.
El segundo día visitamos la presa de Asuán, construída en los sesenta para poner fin a las frecuentes inundaciones que sufría la región y generar energía. Obra colosal realizada con asesoramiento soviético -tras la negativa norteamericana- y financiada gracias a la nacionalización del canal de Suez. Visitamos a continuación el obelisco que yace inacabado en la cantera y ahí descubro la importancia que conceden en este país a la propina. Uno de los guardianes me llama y me pide que le siga para conducirme a un rincón oculto, me da una pequeña piedra para que golpee una gran masa pétrea de la cantera mientras él toma mi cámara fotográfica para inmortalizar semejante estupidez. Me pide unas monedas y además discreción porque ese favor que se supone que me ha hecho no le está autorizado. Me siento un bobo mientras me reintegro al grupo.
Aún hay tiempo durante la mañana de visitar un poblado nubio. Los nubios son individuos esbeltos de piel oscura, habitantes del sur egipcio y del norte de Sudán. Una faluca -embarcación típica- conducida por dos niños de tez oscura nos recoge en nuestro barco. Durante el agradable paseo vemos la fachada del mítico hotel Old Cataract donde solía pernoctar Agatha Christie y donde más tarde se rodó "Muerte en el Nilo". Nos acercamos finalmente a la orilla donde nos aguardan, sentados en la arena, algunas decenas de nubios con sus mercancías, entre las que abundan pequeñas figuras de madera. Algunos toman un baño, otros compramos tras negociar el precio como es debido. Subimos por la arena hasta un camino donde nos aguardan unos camellos. A cada uno nos corresponde un camello y un niño que lo dirige. Este me pregunta mi nombre y me dice que mi camello se llama Fernando Alonso. Es simpático. Me ayuda a subir, me indica que debo agarrarme con fuerza y me recuerda que al final tengo que darle una propina. Fernando se alza sin mucha delicadeza, me tambaleo, me agarro con todas mis fuerzas al pequeño palo de la montura pensando que voy a caerme inevitablemente. Resisto. Fernando trota al borde del precipicio, el niño me pide la cámara para fotografiarme como si yo estuviese dispuesto a despegar mis manos del palo salvador. Le pido más lentitud. Llegamos al fin al poblado. Nos sentamos en el patio de una casa, tomamos té. Por un euro una mujer nos tatúa con henna en el brazo una pequeña imagen o alguna palabra en el alfabeto árabe. El nombre del marido, de la novia, del hijo... yo elijo un nombre árabe. Alí es demasiado corto, Slimane mejor, me gusta como suena y me recuerda a un antiguo y ocasional amante. Elección equivocada: en Egipto el nombre varía un poquito, coincide exactamente con el apellido del tonto del grupo y da lugar, claro está, a algún comentario fácil.
Por la tarde iniciamos la navegación para recibir la primera dosis de templos del antiguo Egipto: Kom Ombo. Los muros bellamente iluminados grabados con extraños símbolos, cocodrilos momificados en una urna. Por la noche en el barco hay fiesta árabe para la que hay que procurarse una chilaba y algún turbante. Tras las explicaciones del guía en el templo nos precipitamos a las tiendas para el regateo extenuante y a contrarreloj pues no disponemos de mucho tiempo.
El Nilo es un río majestuoso de tranquilas aguas azules. Es un placer durante la navegación observar ambas riberas, un auténtico vergel de airosas palmeras y grandes acacias con las dunas del desierto de fondo. Se van sucediendo pequeños poblados de nubios con sus airosos minaretes pinchando el cielo azulado que apenas blanquean los cirros, ordenados en líneas como breves pinceladas. El tercer día de viaje, por la mañana, nos detuvimos en Edfú para visitar el templo faraónico del dios Horus con sus magníficas columnas y pilonos simétricos. En el muelle nos subimos a unas calesas tiradas por un asno para cubrir el recorrido hasta el templo. Fue un espectáculo único: un montón de calesas levantando polvareda por las calles de Edfú, conducidas por individuos excitados, enfundados en chilabas sucias y descosidas, que gritaban y azotaban al animal para que se apresurase a llegar cuanto antes a destino y así arañar algunos minutos que, al final de la jornada, permitiesen realizar un par de trayectos más. Aunque el guía egipcio afirmó que los conductores eran los propios dueños de la calesa su aspecto desaliñado y miserable invitaba a la duda, un negocio con turistas que dura todo el año no es tan mal negocio como para impedir que su dueño luzca una chilaba sin agujeros. Lo de la limpieza, claro, ya es otra cuestión.
Al atardecer, camino de Luxor, navegando hacia la esclusa de Esna, dispusimos de algo de tiempo libre para visitar esta ciudad poseedora de un hermoso templo. Al parecer Esna ha dejado de ser una parada habitual de los cruceros y sólo en función del horario para cruzar la esclusa se puede o no disponer de algún tiempo para su visita. Vacío de turistas, el zoco (calles comerciales del centro) no ofrecía un buen aspecto y los comerciantes se mostraron especialmente insistentes con nosotros. Difícil así mirar con tranquilidad y elegir, más aún huir sin comprar. Optamos por sentarnos en las mesas de un precario bar en una callejuela polvorienta, como todas. Un hombre servicial enfundado en una chilaba sucísima nos servió té y karkadé. J. acudió con unos niños descalzos dispuestos a mostrarnos una iglesia copta y algún edificio más un poco más allá del zoco donde ya no hay presencia policial (la llamada policía turística, omnipresente, está en los hoteles, cruceros, monumentos, zocos y trayectos hasta los monumentos pero lógicamente no está en los lugares carentes de interés turístico). Pasamos junto al sorprendente templo de Cnum, el dios de las fuentes del Nilo, con cabeza de ternero, ahí hundido en una explanada junto al zoco. Cruzamos callejuelas muy sucias con casas en un estado tan lamentable que nos parecían abandonadas. Ibamos juntos seguiendo a los niños, las mujeres con un cierto temor. No entramos en la iglesia copta, sí visitamos un pequeño y rudimentario molino para obtener aceite de sésamo. Propinas. Luego nos tropezamos con un pequeño local sin puertas donde un abuelito simpático planchaba una chilaba. Nos miró y nos quedamos ahí, mirando. Estaba sentado, muy gracioso tocado con un gran turbante, moviendo una enorme plancha. Entonces tomó un pequeño pote con agua que tenía al lado, llenó su boca, alzó la cabeza y empezó a expulsar despacito el agua, como creando un vapor, encima de la chilaba al mismo tiempo que, con la otra mano, realizaba el planchado. Nos quedamos tan atónitos que nos olvidamos de la fotografía y de la propina.