El hombrecito de la calle Rákóczi

Acababa de instalarme en Budapest cuando ojeé un listado de empresas españolas que cayó en mis manos. Estaría bien conocer a alguien con quien hablar en español, pensé. Alguien que se encontraría en una situación parecida a la mía, iniciando una modesta actividad empresarial en ese país desconocido. La lista era reducida pero aparecía con sede en la larga avenida de Rákóczi alguien que se dedicaba a varias actividades sin relación entre sí pero una de ellas similar a la mía. Pensé que igual se trataba de alguien muy capacitado y ambicioso que estaría muy ocupado. Tras dudar, llamé. Una vocecita amable me invitó a visitarle.
Para acceder a la oficina había que cruzar uno de esos típicos patios interiores que suele haber en los edificios señoriales de Pest y que tanto me llamaron la atención cuando vi "La caja de música". Apareció un hombrecito de mediana edad, vaporoso de puro delgado y de pelo canoso alborotado. Tenía algo extraño en la mirada, como perdida, y sonreía beatíficamente. Me mostró las dos salas de trabajo y un pequeño altillo con una pequeña cocina y habitación. E. me contó que había vivido en Berlín pero había decidido instalarse aquí porque había un gran futuro en el sector inmobiliario. Deseaba triunfar para fundar una escuela de música para niños necesitados en algún lugar de América Central. Sí, dijo niños necesitados y yo pensé, atónito, que si realmente pretendía enseñar solfeo a niños hambrientos. Estaba convencido no sólo de su triunfo -contaba para ello con la ayuda de un exitoso amigo suyo que le enseñaría los secretos del oficio- sino también del mío, o sea el de alguien a quien acababa de conocer en aquel preciso instante. Intenté profundizar en alguna cuestión pero resultó en vano: respondía sonriente con fórmulas, simples y escuetas, de éxito seguro, confianza en uno mismo, bondad y ayuda mutua... Como si mezclara la biblia y algún libro de autoayuda en los negocios. Resultaba chocante pero también entrañable de puro bondadoso. Le pregunté si era religioso; me respondió que debía sentar la cabeza y - de forma enigmática- que pertenecía a un determinado grupo con inquietudes. Me habló sobre la energía espiritual y balbuceó algo sobre la reencarnación.
Durante mi año de estancia en la ciudad fui a verlo en algunas ocasiones. Vivía con enorme austeridad y no acudía a los restaurantes porque era vegetariano. En la época, el sector inmobiliario de Budapest estaba muy activo. El hizo alguna compraventa esperando que su amigo abriese una oficina en la ciudad, entonces se ayudarían mutuamente y triunfaría. El dinero que había heredado y con el que había emprendido esa aventura se esfumaba. Eso sí, a un ritmo pausado.
Al principio me pareció que E. podía ser uno de esos gays con dificultades de autoaceptación que adoptan la religión a modo de armario. Pero estuvo casado, tuvo una hija y en todo caso deseaba reencontrar el amor de una mujer.
Una mañana dominical acudí por sorpresa a la oficina/vivienda de Rákóczi. Llamé. Era temprano, tenía que estar allí. Una parte de la puerta era de cristal, tapado por unos visillos. Llamé una segunda vez. De repente el visillo se apartó y apareció por unos segundos el rostro de una niña. Fue muy fugaz. Instantes después apareció el rostro de E. Abrió un poco la puerta para excusarse por no poder atenderme. Descendiendo la avenida me dije que quizá no distinguí bien, fue una aparición muy fugaz, podía ser el rostro de una adolescente. Quizá su hija que habría venido a visitarle pero creí recordar que no tenía relación con ella y que ya era una jovencita. Además a su hija me la hubiese presentado. ¿Había pasado la noche con una niña?. Me resultó demasiado incomprensible para seguir pensando en ello. Además sólo había visto un rostro infantil detrás de la puerta. Nada más.
Yo regresé a Praga cuando el peculiar idioma húngaro empezaba a gustarme. El permaneció aún algún tiempo. Se enamoró de una española mayor que él y dejó la oficina de Rákóczi en manos de un húngaro de su confianza, extraño y risueño como él. Durante siete años hemos mantenido sólo algunas conversaciones por teléfono. Hace unas semanas recibí una llamada. Venía unos días a un hotel no muy alejado del pueblo en el que vivo y deseaba presentarme a su compañera. No sabes la suerte que he tenido al encontrar a esta mujer. Propongo un lugar equidistante para la cita. Está preocupado por si no nos reconocemos. Me dice que ahora lleva el pelo muy corto y un poco de barba, ya todo blanco, blanco. Le contesto que yo permanezco igual y me río. Además tenemos los respectivos teléfonos móviles.
En el céntrico lugar de la cita hay bastante gente, paseando. A lo lejos veo una mano alzarse. No hago caso: están demasiado lejos para distinguirme, además parece una pareja normal. Se aproximan y reacciono. Un hombre peinado y vestido con cierta elegancia, aunque reconozco la vieja mirada alucinada de la calle Rákóczi. Ella es una mujer algo mayor, amable y de aspecto agradable. Nos sentamos en un café. Parece sorprendida. Me digo divertido que al tratarse de un amigo de él temía encontrarse con algún raro especímen como los que ya se habrá encontrado. Entramos en el mercado. El pregunta a las vendedoras de pescado señalando con el dedo los mariscos aún moviéndose sobre el hielo si son de estas tierras... Intento evocar la ciudad en la que vivimos pero él prefiere el presente. La compraventa de pisos está difícil, ha tenido una enorme suerte al conocer a esta mujer. Resulta evidente que a su lado él ha mejorado, me alegro sinceramente por él y también por ella si cabe hacerlo. Antes de despedirse me pregunta por mi signo zodiacal y balbucea algo sobre espiritismo y reencarnaciones.