Thursday, April 17, 2008

Mis sinagogas preferidas



Me gustaba deparar una sorpresa a las amistades recién llegadas de visita a Praga. De anochecida nos trasladábamos en metro hasta la estación de Mustek, en el límite entre la plaza Venceslao y la Ciudad Vieja. Andábamos unos pocos metros y aparecía ante nuestros ojos el edificio del Karolinum, la más vieja universidad centroeuropea, y uno de los teatros de la Ciudad, con sus paredes verde pastel cuidadosamente iluminadas. Seguíamos por una estrecha calle adoquinada y de repente mis visitantes se detenían boquiabiertos ante el espectáculo impresionante de la plaza de la Ciudad Vieja iluminada. Sí, la más bella plaza del mundo. La fascinación duraba unos minutos: enfrente la torre oscura con el reloj astronómico, a su izquierda el edificio rosado de la antigua municipalidad, más allá una fachada ornamentada con numerosos esgrafiados. Había que adentrarse en la plaza, unos pasos hacia la derecha, para admirar el resto que no era poco: las torres negras de la iglesia del Týn, los muros blancos de la de San Nicolás, la torre de la Campana de piedra, la ostentosa fachada del palacio de los Kinsky y, en el centro, la estatua de piedra negra del pobre Jan Hus, quemado en la hoguera por orden del representante de Dios en la Tierra.

Acababan de aterrizar y Praga ya les fascinaba. Entonces yo les decía que quedaba mucho por ver y les daba a elegir: hacia la izquierda, la tortuosa calle de Carlos nos conduciría al célebre puente de piedra; por la derecha, la comercial y peatonal calle Celetna nos llevaría hasta la grandiosa torre de la Pólvora y la modernista y grandiosa Casa Municipal; si seguíamos de frente, en dirección al río, por la elegante calle de París, con sus fachadas modernistas de siete plantas y suave tono grisáceo, nos encontraríamos con el antiguo ghetto judío: cinco sinagogas y el viejo cementerio cuya lápida más moderna había sido colocada hacía dos siglos. Todo estaba al alcance en un agradable paseo a pie de apenas cinco minutos. ¿No era maravilloso?. Normalmente mis visitantes deseaban descansar y esperar al amanecer para admirarlo todo a la luz del día. Yo les advertía que eso sólo era la Ciudad Vieja, más allá del río se extendía el antiguo barrio aristocrático de Mala Strana, con sus palacetes, iglesias y jardines, y en lo alto el barrio del Castillo con la catedral, la iglesia de Loreto, la curiosa callejuela Dorada con sus casitas diminutas, torres, palacios, monasterios e incontables miradores.

Yo ya conocía todos esos lugares y me cansaba la presencia masiva de turistas. En numerosas ocasiones había visitado el pequeño cementerio judío cuando la ciudad no recibía todavía esas invasiones. A partir del año 94 había que abrirse paso a empujones entre las lápidas desordenadas sobre las que los fieles seguían dejando un trocito de papel con una piedrecita encima. Había entrado varias veces con una ocasional kipah en la cabeza en la sinagoga Vieja-Nueva y en alguna otra de alrededor, almorcé una vez en la sala del antiguo Ayuntamiento judío cuando fue convertido en restaurante kosher. Sólo una vez porque no se podía beber vino ni fumar, la comida era ligera y el precio algo elevado.

Más allá del antiguo ghetto, aisladas en calles poco transitadas por los turistas, había dos sinagogas más que me tenían intrigado: una porque se denominaba española y sufría un completo abandono, la otra, en la calle de Jerusalén, simplemente porque nadie le prestaba atención salvo los pocos judíos que se reunían allí en shabbat. Ambas se construyeron en un marcado estilo morisco. !Cuántas veces pasé por delante de la Sinagoga Española observando sus muros corroídos por el tiempo e intentando imaginar su esplendor original! Una ciudad que en tres años lo había restaurado casi todo ¿se olvidaba de la vieja escuela sefardita convertida en lugar de culto a mitad de siglo XIX? Felizmente no tardaron mucho en hacerme caso, la visité y hoy en día, junto a la Vieja-Nueva, es de las más concurridas porque es también de las mayores. Ahora he sabido que la sinagoga de la calle de Jerusalén también ha sido restaurada y luce espléndida su fachada de atrevidos tonos rojizos, ocres y azules. !Cuántas veces había contemplado las puertas cerradas detrás de las rejas bajo los muros desconchados! Eso sí, discretamente, sin apenas detenerme, porque nadie reparaba en ese edificio y a ojos de los lugareños hubiese parecido un extravagante o un turista extraviado que no sabía encontrar la plaza de la Ciudad Vieja.

Saturday, February 23, 2008

La inteligencia con el enemigo


"La venganza es vana pero algunos hombres no tenían lugar en el mundo que se trataba de construir" (SIMONE DE BEAUVOIR)

Tenía sólo 35 años. Era un joven talento que había pasado por la muy prestigiosa Escuela Normal de la parisiense calle de Ulm. Había escrito la primera historia del cine, algunas novelas y numerosos artículos de prensa. Era, al parecer, un lector erudito, sensible y sentimental. Robert Brasillach fue condenado a muerte tras la Liberación en enero de 1945.

"Conseguí un lugar en la tribuna de prensa; no fue una experiencia agradable. Los periodistas tomaban notas con desenvoltura, dibujaban en sus papeles, bostezaban; los abogados declamaban; los jueces ocupaban sus escaños, el presidente presidía; era una comedia, era una ceremonia: para el acusado era el momento de la verdad en el que se jugaba su vida, su muerte (...) Resistía con calma a sus acusadores y cuando se pronunció la sentencia no rechistó" (SIMONE DE BEAUVOIR)

Numerosos intelectuales de la época se movilizaron firmando una petición de clemencia redactada por los abogados. Valéry, Claudel, Cocteau y Colette, entre otros, estamparon su firma. Mauriac solicitó la gracia personalmente a De Gaulle. Camus, tras dudar, acabó accediendo. Sartre y Beauvoir se negaron.

Brasillach fue fusilado tres semanas más tarde en el castillo de Montrouge e inhumado en el cementerio parisino de Charonne. De Gaulle rehusó conceder la gracia porque "también en la literatura el talento es un título de responsabilidad y este hombre se había extraviado irremediablemente". Precisó que en su decisión no habían tenido nada que ver las inclinaciones sexuales del acusado. Brasillach no había ocultado su fascinación por los uniformados.

Extraviado irremediablemente como Céline y Drieu. Al primero, tras serle conmutada la pena de muerte, fue acusado de indignidad nacional pasando sus últimos años en el ostracismo. El segundo se suicidó. Brasillach fue un apasionado propagandista del nazismo y un tenaz antisemita. Sostuvo que los judíos franceses eran extranjeros y que había que tratarles como tales. En 1941 pidió la ejecución de los diputados comunistas. En la época de deportaciones de los judíos franceses a Drancy su odio alcanzó una dimensión inhumana. Dijo que había que separarse de todos los judíos, incluídos los menores. 11.400 judíos franceses menores de 18 años fueron exterminados en distintos campos de concentración. ¿Porqué química del alma un hombre que obtuvo inspiración en Píndaro y Sófocles de convirtió en un cabrón?, se preguntaba un articulista del Express.

"Habían hecho algo más que aceptar: habían querido la muerte de Feldman, de Cavaillès, de Politzer, de Bourla, la deportación de Yvonne Picard, de Péron, de Kaan, de Desnos; con estos amigos, muertos o moribundos era solidaria; si hubiera levantado un dedo en favor de Brasillach hubiera merecido que me escupieran en la cara" (SIMONE DE BEAUVOIR)

Sunday, February 10, 2008

El delator


Praga, invierno 2000-2001

Regresé a Praga tras cuatro años y medio de ausencia. El amigo, al que llamé en un post anterior rey Midas, me animó: tendría un despacho junto a su oficina, en un primer piso de la calle de Járkov, y dispondría de un apartamento en Na Hroude, cerca del estadio del Slavia. De las viejas amistades de los años dorados contacté sólo con unos pocos. Permanecí sólo un año, discretamente.

A diario tomaba el tranvía en la plaza de Cuba para un corto trayecto hasta la de Vrsovice, cerca de donde se encontraba el despacho, y regresaba a casa de anochecida en el mismo tranvía. El coche parmanecía durante semanas en la calle cubierto por la nieve. Era un buen coche pero me daba un poco igual. La zona se hallaba algo alejada del centro, sin turistas. Las espléndidas fachadas de los edificios modernistas ocultaban apartamentos en estado precario. En las calles adyacentes a la plaza había algunos anticuarios en los que se encontraban objetos variados y de escaso valor. Tras la caída del comunismo, con el encarecimiento de la vida, algunos, especialmente los ancianos, tuvieron que malvender joyas, porcelanas y otros objetos de cierto valor de la casa para subsistir. Había visto a muchos entrar en los anticuarios para negociar con su mercancía. Pero esa situación importaba a muy pocos. En todo caso me gustaba bastante Vrsovice por esos motivos: los anticuarios, los edificios y la tranquilidad.

En el apartamento permaneció algún tiempo Christian, al que había conocido en Budapest. Desconocía el idioma, no podía viajar a Occidente, su situación en el país no era legal y no conocía a nadie. Se pasaba los días tumbado en la cama en calzoncillos blancos contemplando vídeos musicales. Por las noches cuando yo regresaba lo invitaba a cenar. El me hablaba de la mujer que dejó en su país, yo le hablaba de mi pasión por su paisano G.G. Nos hicimos compañía en una insólita relación en que el idioma común era rudimentario por ambas partes. El había decidido depender de mí para aburrirse solemnemente. Yo combatía la náusea metiéndome en su cama.

En el despacho solía tener la breve compañía del suegro del rey Midas. Había ocupado un altísimo cargo en la televisión nacional durante el régimen comunista. Era un hombre delgado, con ojos azules, próximo a la jubilación. Las chicas de la oficina no lo querían, la familia se lo quitaba de encima. Llegaba sonriente, los ojos chispeantes por la cerveza, tomaba asiento enfrente de mí e intentaba hilvanar alguna frase en español. Me ponía un poco nervioso porque le costaba mucho y se negaba a que le ayudase pero yo apreciaba su interés por agradarme. Luego se colgaba al teléfono para hablar con viejos contactos rusos para proponer negocios que éstos no estarían en condiciones de llevar a cabo. Ojeaba el periódico Dnes sin dejar de escuchar mis conversaciones, murmuraba algo sobre el desorden del país y se despedía de mí con cierta solemnidad y un sonoro hasta mañana. A menudo nos cruzábamos: cuando él llegaba yo salía a almorzar. Se reía. Le parecía curiosa mi costumbre de acudir a un restaurante para comer. La relación era también kafkiana. De hecho los restos mortales de Kafka se hallaban en el cercano cementerio judío de Strasnice.

He mirado de nuevo el listado de los antiguos agentes del StB -la versión checa del KGB soviético- y ahí sigue apareciendo él. No puedo saber su nombre secreto porque aparecen varios más con su mismo nombre y apellido junto al respectivo alias. Diría que podría ser el tal Televisor en el caso de que no se complicasen mucho para darse el nombre de guerra. O sea que mi amigo no sólo sirvió al régimen totalitario en el control del medio de comunicación más importante e influyente del país sino que fue también uno de esos hombres invisibles que colocaron en todas las empresas, escuelas, entidades y comunidades de vecinos del estado, para obtener información sobre sus propios camaradas y, en caso que lo considerasen oportuno, para delatarlos.

Al poco tiempo de la caída del régimen (finales de 1989)la larga lista de los agentes fue ampliamente difundida y consultada con curiosidad por los checos. Ciertamente no resultaba muy favorable figurar en ella, estaban quienes habían realizado a traición el trabajo sucio de un sistema que había destruido una de las economías más prósperas de Europa, cercenado la libertad de los habitantes, expropiado y, en ocasiones, torturado y asesinado.

Pocos días atrás pregunté a Midas por su ya ex-suegro. La última vez, en Barcelona, me había dicho que bebía sin moderación, estaba hospitalizado y su hígado no iba a resistir mucho más. Me respondió, sin interés, que no sabía nada, pero que le constaba que seguía tirando. Me preguntó luego cuando iría yo de vacaciones a Praga y le contesté que quizá en primavera.

Confieso que no me parece interesante Midas, con su castillo, sus hoteles y todo lo demás. Es al antiguo agente que se autodestruye a quien quisiera oír, la voz de una élite sórdida de una época oscura definitivamente cerrada. Pero dudo mucho que quiera evocar el pasado.

Monday, January 21, 2008

El hombrecito de la calle Rákóczi



Acababa de instalarme en Budapest cuando ojeé un listado de empresas españolas que cayó en mis manos. Estaría bien conocer a alguien con quien hablar en español, pensé. Alguien que se encontraría en una situación parecida a la mía, iniciando una modesta actividad empresarial en ese país desconocido. La lista era reducida pero aparecía con sede en la larga avenida de Rákóczi alguien que se dedicaba a varias actividades sin relación entre sí pero una de ellas similar a la mía. Pensé que igual se trataba de alguien muy capacitado y ambicioso que estaría muy ocupado. Tras dudar, llamé. Una vocecita amable me invitó a visitarle.

Para acceder a la oficina había que cruzar uno de esos típicos patios interiores que suele haber en los edificios señoriales de Pest y que tanto me llamaron la atención cuando vi "La caja de música". Apareció un hombrecito de mediana edad, vaporoso de puro delgado y de pelo canoso alborotado. Tenía algo extraño en la mirada, como perdida, y sonreía beatíficamente. Me mostró las dos salas de trabajo y un pequeño altillo con una pequeña cocina y habitación. E. me contó que había vivido en Berlín pero había decidido instalarse aquí porque había un gran futuro en el sector inmobiliario. Deseaba triunfar para fundar una escuela de música para niños necesitados en algún lugar de América Central. Sí, dijo niños necesitados y yo pensé, atónito, que si realmente pretendía enseñar solfeo a niños hambrientos. Estaba convencido no sólo de su triunfo -contaba para ello con la ayuda de un exitoso amigo suyo que le enseñaría los secretos del oficio- sino también del mío, o sea el de alguien a quien acababa de conocer en aquel preciso instante. Intenté profundizar en alguna cuestión pero resultó en vano: respondía sonriente con fórmulas, simples y escuetas, de éxito seguro, confianza en uno mismo, bondad y ayuda mutua... Como si mezclara la biblia y algún libro de autoayuda en los negocios. Resultaba chocante pero también entrañable de puro bondadoso. Le pregunté si era religioso; me respondió que debía sentar la cabeza y - de forma enigmática- que pertenecía a un determinado grupo con inquietudes. Me habló sobre la energía espiritual y balbuceó algo sobre la reencarnación.

Durante mi año de estancia en la ciudad fui a verlo en algunas ocasiones. Vivía con enorme austeridad y no acudía a los restaurantes porque era vegetariano. En la época, el sector inmobiliario de Budapest estaba muy activo. El hizo alguna compraventa esperando que su amigo abriese una oficina en la ciudad, entonces se ayudarían mutuamente y triunfaría. El dinero que había heredado y con el que había emprendido esa aventura se esfumaba. Eso sí, a un ritmo pausado.

Al principio me pareció que E. podía ser uno de esos gays con dificultades de autoaceptación que adoptan la religión a modo de armario. Pero estuvo casado, tuvo una hija y en todo caso deseaba reencontrar el amor de una mujer.

Una mañana dominical acudí por sorpresa a la oficina/vivienda de Rákóczi. Llamé. Era temprano, tenía que estar allí. Una parte de la puerta era de cristal, tapado por unos visillos. Llamé una segunda vez. De repente el visillo se apartó y apareció por unos segundos el rostro de una niña. Fue muy fugaz. Instantes después apareció el rostro de E. Abrió un poco la puerta para excusarse por no poder atenderme. Descendiendo la avenida me dije que quizá no distinguí bien, fue una aparición muy fugaz, podía ser el rostro de una adolescente. Quizá su hija que habría venido a visitarle pero creí recordar que no tenía relación con ella y que ya era una jovencita. Además a su hija me la hubiese presentado. ¿Había pasado la noche con una niña?. Me resultó demasiado incomprensible para seguir pensando en ello. Además sólo había visto un rostro infantil detrás de la puerta. Nada más.

Yo regresé a Praga cuando el peculiar idioma húngaro empezaba a gustarme. El permaneció aún algún tiempo. Se enamoró de una española mayor que él y dejó la oficina de Rákóczi en manos de un húngaro de su confianza, extraño y risueño como él. Durante siete años hemos mantenido sólo algunas conversaciones por teléfono. Hace unas semanas recibí una llamada. Venía unos días a un hotel no muy alejado del pueblo en el que vivo y deseaba presentarme a su compañera. No sabes la suerte que he tenido al encontrar a esta mujer. Propongo un lugar equidistante para la cita. Está preocupado por si no nos reconocemos. Me dice que ahora lleva el pelo muy corto y un poco de barba, ya todo blanco, blanco. Le contesto que yo permanezco igual y me río. Además tenemos los respectivos teléfonos móviles.

En el céntrico lugar de la cita hay bastante gente, paseando. A lo lejos veo una mano alzarse. No hago caso: están demasiado lejos para distinguirme, además parece una pareja normal. Se aproximan y reacciono. Un hombre peinado y vestido con cierta elegancia, aunque reconozco la vieja mirada alucinada de la calle Rákóczi. Ella es una mujer algo mayor, amable y de aspecto agradable. Nos sentamos en un café. Parece sorprendida. Me digo divertido que al tratarse de un amigo de él temía encontrarse con algún raro especímen como los que ya se habrá encontrado. Entramos en el mercado. El pregunta a las vendedoras de pescado señalando con el dedo los mariscos aún moviéndose sobre el hielo si son de estas tierras... Intento evocar la ciudad en la que vivimos pero él prefiere el presente. La compraventa de pisos está difícil, ha tenido una enorme suerte al conocer a esta mujer. Resulta evidente que a su lado él ha mejorado, me alegro sinceramente por él y también por ella si cabe hacerlo. Antes de despedirse me pregunta por mi signo zodiacal y balbucea algo sobre espiritismo y reencarnaciones.

Saturday, January 05, 2008

Centenario de una mujer necesaria


La prensa nos recuerda los "claroscuros" de su biografía. Que no hizo la guerra, que no fue sincera respecto a su bisexualidad, que rompió tardíamente con el marxismo... Pobres argumentos que los críticos se pasan entre ellos como si de parásitos se tratase. ¿Qué guerra, qué Resistencia hicieron los franceses? ¿Porqué iba a hacerla una joven profesora por su cuenta? ¿Quién en los años cincuenta o sesenta iba a contar sus escarceos homosexuales al gran público? ¿Qué escritor con inquietudes sobre la justicia social y la libertad no defendió las alternativas al capitalismo burgués hasta avanzados los años sesenta?.

Sospechosamente son mujeres de izquierdas y feministas las más críticas. "No escribió casi nada que no hubiesen escrito otras antes" sentenció Lidia Falcón citando a renglón seguido los nombres de una serie de desconocidas, olvidando el millón doscientos mil ejemplares sólo en francés de "Le deuxième sexe". Rosa Montero calificó de "mentira patética" la supuesta pretensión de Beauvoir de hallarse junto a Sartre en el momento preciso de su muerte. En realidad, en sus memorias, la propia Beauvoir cuenta que recibió una llamada en su casa por parte de las amistades que permanecían junto a Sartre en aquel preciso instante para comunicarle la noticia. Además ¿qué importancia tiene eso? Maria Antonia Macchiocci dijo, a modo de epitafio, que fue "la mujer a la que más gustaron los hombres". Observación cómica: su relación con una mujer (Sylvie Le Bon) fue más larga, profunda y sólida que sus relaciones con hombres (Bost, Algren, Lanzmann). Con Sartre sólo existió intimidad en los primeros tiempos, fue una relación especial, distinta.

A la Falcón le parece el feminismo de Beauvoir sumiso y tan comprensivo hacia el macho que le recuerda a sus propias abuelas. Para otras feministas en cambio su objetivo fue hacer de la mujer "un hombre como cualquier otro".

Todo individuo tiene sus claroscuros, no hay nadie perfecto y cuanto más uno cuenta, cuanto más se sabe sobre uno, más se está expuesto a que aflore la personalidad con toda su complejidad. La publicación de sus papeles privados ensució el mito, escribió la Montero, como si la verdad no fuese siempre útil, como si debiera prevalecer el mito sobre la realidad.

Beauvoir luchó por la igualdad de sexos, denunció el oscurantismo religioso y defendió la justicia de una sociedad sin clases pero señalando que lo hacía situándose en un plano utópico. Estoy de acuerdo. Hombre y mujer han de tener los mismos derechos, las religiones sólo han provocado sufrimiento, intolerancia y sangre. El capitalismo no es el mismo del siglo XIX pero sigue creando diferencias escandalosas. Me gusta la mirada crítica de esta mujer necesaria sobre los acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX. Admiro que consiguiese ser libre y feliz sin dejar de plantar cara.

Monday, November 19, 2007

Nostalgia


"El precio de la libertad es la soledad" (Carmen Díez de Rivera)


A. es un ser libre: come cuando tiene apetito, duerme cuando tiene sueño y amó a sus amantes -o al amor que se inventó por ellos- hasta el día que se deslizaron a su respectiva tumba". Lo escribí en este blog, en septiembre de 2006.

Durante un tiempo no he recibido noticias de Antonio. Los correos que le enviaba me eran devueltos. Tampoco tenía a donde llamar. Se instaló con André en Manhattan a desgana. Ya no tenemos edad para permanecer en el fin del mundo, le había dicho André. El se resistió, Hawaii era su paraíso. No he conocido a nadie tan sensible a la belleza y nada como esas islas del Pacífico le han ofrecido tanto: playas de lava, pájaros rojos, orquídeas, la tormenta sobre el océano, el cielo estrellado... Me resisto a ir a N.Y. a verle porque en esa urbe grandiosa lo encontraría desubicado, como un pajarito colorado perdido en el Artico, escribí.

Casi dos años más tarde Antonio sigue desubicado. Sí, al fin recibí noticias. Estoy en casa de André, en Niza. Ayer llegamos de Florencia donde pasé un mes y medio. Antes estuvimos en Lanzarote donde pienso fijar mi residencia en España(...) En pocos días volveré a Hilo, a Banyan Drive, frente al océano. André volverá a su apartamento de N.Y. cuando decida. Florida todavía está en el aire y André dice que si ganan los demócratas abandonará USA, al contrario de lo que haré yo. Ya ves, a nuestra venerable edad nuestros caminos se bifurcan más y más. André es la razón, Antonio la emoción. Eso también lo escribí. André fue un buen médico que ejerció en N.Y. Ahora, en la vejez, se siente más protegido ante cualquier eventualidad en la ciudad. Antonio es pintor. No soy experto pero me gustan mucho sus obras, por su colorido, la naturaleza exhuberante, la vieja arquitectura... Lo que gana vendiendo sus cuadros lo gasta en viajes, no le preocupa el vestir ni el comer. Admiro su desinterés hacia lo material pero eso lo hace bastante dependiente de su amigo.

Está claro que hubiese deseado seguir en la Big Island pero también es cierto que sus amistades y familiares estamos en Europa. Le parece que Lanzarote puede ser algo parecido y más próximo. Por otro lado su españolidad sigue latente. Tú ya instalado no tienes necesidad de escoger tus caminos, aunque Cataluña se separe del resto de la Península(...) Mi amiga F. iba a trasladarse de Palma a Barcelona pero optó finalmente por París, harta de provincianismos separatistas." André permanecerá entre N.Y. y Niza. Me temo que Antonio seguirá desubicado, cuando esté en Hawaii se sentirá solo, cuando esté en otro lugar sentirá nostalgia de Hawaii.

Ambos hemos querido demasiado los escenarios de nuestra vida como para no sentir a menudo una profunda nostalgia. Sé que han caído ya las primeras nieves en Praga... qué hermoso era el viejo cementerio judío cubierto de nieve, y las cúpulas de San Nicolás o la Loreto, la plaza de la Ciudad Vieja y toda la ciudad, entera... Pero hace ya tiempo decidí ubicarme en un lugar donde reunir los recuerdos coleccionados durante mis estancias por el mundo. No amo el lugar, impuesto por el azar, pero entre cuatro paredes hay un montón de objetos que enlazan con mi pasado, manteniéndolo vivo. Antonio es distinto, no siente apego por los objetos, sin duda un lastre para quien viaja tanto, se muda de casa y hasta de continente tan a menudo. A diferencia de mí no creerá que la vida se petrifica más en los objetos que en cualquiera de sus momentos. Por eso entiendo su necesidad de volver a la Big Island, de recobrar la libertad aun a riesgo de pagar un alto precio: el de la soledad.

Monday, October 22, 2007

Gente corriente


"La inmortalidad, no importa si la imaginamos celestial o terrenal, es incapaz de consolarnos de la muerte, cuando se ama tanto la vida". (SIMONE DE BEAUVOIR)

Había reaccionado con aparente frialdad a la muerte de su mujer a quien yo apenas conocía. "Lo siento mucho" le dije al Sr. F. "Yo más lo siento por ella" me respondió a su manera, acelerada y nerviosa, parecida a un cortocircuito. A los pocos días apareció junto a otra mujer, viuda, que formaba parte del grupo de amistades, todos jubilados. F. era un hombrecito delgado y muy activo, le apasionaba viajar, realizar largas caminatas. No fumaba ni bebía. Casi dos años de amistad con su nueva compañera a la que colmaba de atenciones. El último mes sufrió cólicos a diario. Sentía al parecer cierta aprensión hacia los médicos, además siempre había gozado de buena salud. Visitó a la madre de ella en el hospital, comentó al doctor esa urgente necesidad de acudir al lavabo que sufría últimamente y se lo quedaron para algunas pruebas. Permaneció ocho días, intranquilo por salir, los cólicos habían remitido un poco. El viernes doce por la tarde conversaba animadamente con sus visitantes. El domingo asistí a su funeral, breve porque el cura tenía prisa. "Estamos todos pendientes de un hilo" me comentó un amigo suyo, asustado.

A JNC lo han enterrado hoy. La última vez que lo vi yo era un niño. Recuerdo que nuestra chacha se mofaba de él porque era bastante amanerado. Creo que sí, que se dirigía a mi tía -que era a su vez su tía- con bastantes alharacas. Vivió su vida en la gran ciudad, en aparente discreción. Intento averiguar algo pero mi tío ya está muy viejo: "Fíjate tenía las mismas iniciales que yo, JNC" me dice. "Los jóvenes se van, los decrépitos permanecemos", sentencia, más lúcido. Relativamente joven, JNC tenía 59. No tenía edad para morir. Recurro a mamá con la que me atrevo a preguntar más. "¿De qué trabajaba?". No lo sabe y me responde con lo primero que se le ocurre. Yo soy más curioso que ella. Al parecer JNC ocultó a su madre la enfermedad hasta el último momento. Se ha marchado intentando causar el menor dolor posible.

Esta tarde discutí un poco con Jota porque pretendía que su suegra -que no es su suegra sino la madre del otro Jota con el que convive sin tocarse- hace mejor los dulces típicos de Todos los Santos que mi tía Leo. Me irrita su falta de objetividad hacia las personas por las que siente afecto. Mi tía los elabora variados, de chocolate, café, piñones... Se gasta un dineral en la materia prima, los presenta en papel de celofán plateado, los regala a la familia y también a su médico, cuidadosamente envueltos, con una tarjeta firmada y con unas palabras de agradecimiento. ¿Cómo van a ser mejores los de una vieja provinciana que los hace apenas con las almendras que recogen sus parientes de sus propios árboles?. Claro que habíamos bebido un poco. El bastante más. Pero qué gracia, qué discusión tan banal, cuando todas nuestras vidas penden de un hilo.