Friday, September 29, 2006

La última cena con el barón (II)



"Hay muertes que serían vanas si uno no tuviera el coraje de mirarlas cara a cara, de abrazar esas realidades del frío, del silencio, de la sangre coagulada, de los miembros inertes, que el hombre cubre tan pronto de tierra e hipocresía" (M. YOURCENAR)


La noticia de la muerte del barón se extendió como un reguero de pólvora. Sus amistades eran numerosas: embajadores, empresarios extranjeros y locales, jóvenes amantes algunos de los cuales supimos un día que compartíamos... Como si de una extraña premonición se tratara un par de meses antes de su muerte, al filo de la Navidad, nos invitó a todos -con sus empleados en el lugar de los amantes- a una cena en un lujoso restaurante de la plaza Malostranské. La anécdota de aquella velada, que no pareció tener un motivo preciso, la protagonizó el Sr. S. con quien precisamente compatiríamos la última cena en V Zátisí. Al final hubo brindis y algunos tomaron la palabra para agradecer la amable invitación. S., cuya amistad con el barón lo llenaba de vitalidad y esperanza, intervino para reñir al orador que le había precedido pues, a su parecer, se había mostrado parco en elogios hacia el anfitrión.

Tras recibir la noticia de la muerte por un supuesto accidente de circulación llamé a los amigos comunes más próximos. El sr. S., muy abatido, me contó que el barón le había confesado hacía poco tiempo que "iba a ganar tanto dinero que podría retirarse para el resto de sus días" extrañándose de que yo no estuviera al corriente de ello, ni de que me hubiese pasado inadvertido el fajo de billetes que sacó para pagar esa última cena. El barón tenía cuarenta años pero su madurez, la solemnidad de sus gestos y la sobriedad de su vestimenta -solía ir enfundado en trajes oscuros con discretas corbatas- le conferían un aspecto de persona mayor. Cuando di la noticia al sr. G.S.- otro abuelito encantador por quien sentíamos un especial aprecio- me pidió disculpas y colgó el teléfono.

Un vecino del barón, miembro también del club de empresarios que éste presidía, recibió la visita de la policía poco después de hallarse el cadáver. Este se encontraba a varios kilómetros del coche accidentado. La improbable hipótesis de que hubiese ido andando, herido, en busca de auxilio quedaba descartada porque entre ambos lugares había unos edificios de viviendas donde pedir ayuda.

Tuve miedo durante algunos días. Sentado en mi oficina miraba constantemente el tragaluz de la pared: desde la calle era un blanco fácil. Los rumores alimentaban ese temor infundado: la mafia rusa, los socios alemanes de quienes pretendía zafarse... "Ya sabes cómo las gastan los alemanes..." me espetó en cierta ocasión un conocido, director de hotel, como si oír nombrar a la mafia rusa, asociada a periódicos tiroteos con víctimas, no resultara ya suficientemente alarmante.

El sr. G.S. me confesó un día que la causa de la muerte se debió a un apuñalamiento. No entendí esta palabra en checo, entonces extendió el brazo, cerró el puño y lo acercó en un rápido movimiento hacia su pecho. G.S. había obtenido la información de otro amigo común, un médico que se había interesado por el caso preguntando a su colega forense.

A medida que transcurrió el tiempo decayó el interés por el suceso. La policía investigaba, había acudido a casa de S. "Fíjate si son bobos que sólo me preguntaban por lo que habíamos comido, como si lo hubiesen envenenado", me dijo. Un amable inspector acudió a mi oficina: "¿recuerda usted el menú?". Obviamente algunas preguntas iban destinadas sólo a valorar la sinceridad de nuestras respuestas.

El vecino del barón, como el resto de amistades, seguía sin explicarse nada. "La casa estaba desordenada, el cuerpo junto al bosque en un camino sin salida, el coche a varios kilómetros de distancia..." ¿Un camino sin salida? Entonces recordé que una vez el barón me confesó que solía ir a un lugar en las afueras donde algunos hombres se citaban con jóvenes para pasar un rato, sin bajar del coche se producía un intercambio... "Pero si pasa otro coche os puede ver..." le dije, sorprendido. "No, no pasa nadie. Es un camino sin salida". "Eso es peligroso" le contesté, alarmado. Pero no volvimos a hablar de este asunto.

El informe policial fue remitido a la embajada y no me consta que trascendiera. Pienso que el barón fue muy imprudente al acudir a semejante cita con mucho dinero, que se resistiría al robo y que el otro sacó el arma. Luego huiría en el coche y a una cierta distancia lo abandonaría arrojándolo por la cuneta. Pero la verdad no la sé, es sólo mi versión a partir de numerosas conversaciones y de pasar un día por el lugar de los hechos.

El cuerpo del barón permaneció varios meses en la morgue del hospital de Krc, como olvidado, antes de ser repatriado a su país. Se comentó que sólo había dejado deudas. Un día llamé a la madre -una mujer ya mayor,viuda y sin más hijos- para decirle que su hijo había sido una persona excepcional, que durante esos pocos años en la ciudad se había granjeado muchas amistades, que estábamos muy tristes por lo ocurrido... Me respondió con voz dulce y serena que su hijo perdió a su padre siendo muy joven, que no había tenido suerte en esta vida.

2 Comments:

Blogger Blue said...

me gusta, supongo que esto es un relato por entregas tuyo no? en plan revista del s. XIX.
La muerte del barón, muy pasoliniana. Con rollo mafia, ligoteo en el coche con chaperos que luego lo matan...
deseando que llegue la 3ª entrega. Buena idea esta, de los relatos por fascículos, quizás te copie la idea, con tu permiso claro.

12:37 pm  
Blogger El Castor said...

Todo es verdad, todo es rigurosamente cierto, Blue. Además ya dije que escribir esto era un ejercicio de memoria y no de imaginación. Conservo alguna foto del funeral, también el recordatorio ese que se da en los funerales. No es muy amable lo que me dices.

2:28 pm  

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