Wednesday, September 20, 2006

Toda la belleza del mundo (II)



"La beauté se raconte encore moins que le bonheur" (SIMONE DE BEAUVOIR)


Probablemente el primer día de mi estancia en la "Big Island" acompañamos a D. al aeropuerto de Hilo. No ubico muy bien cronológicamente las imágenes que conservo en la memoria pero pertenecerían a ese primer día. En el pequeño aeropuerto repleto de turistas A. escenificó una dulce despedida del amigo enfermo. Lo abrazaba tiernamente mientras le dirigía palabras afectuosas. Pensé que el abrazo sería breve, había tanta gente alrededor... pero se prolongaba, se eternizaba, y opté por dar unos pasos hacia atrás sin saber adonde dirigir la mirada. Ellos siguieron abrazándose, acariciándose y besándose como si estuvieran en el salón de la casa de madera y yo me seguí alejando discretamente. Los turistas que no habían decidido mirar hacia otro lado contemplaban todo con incomodidad. Al fin D. desapareció por la escalera mecánica y fui al encuentro de A. que había empezado a buscarme.

La estancia en las islas fue un placer para los sentidos. Playas de agua cristalina vacías, la calzada rojiza de la carretera bajo la sombra de airosas palmeras, jardines de orquídeas y bambú, tortugas bronceándose en la arena... En todas partes se veían pequeñas iglesias y templos budistas de madera. Pisábamos la lava negra escuchando el eterno oleaje del océano mientras un viento salobre hacía crepitar nuestras mejillas. Me dejaba sorprender y acariciar por la lluvia del atardecer, breve e intensa como un acto de pasión.

Al final de mi estancia D. regresó de California y se unió a nosotros en Honolulu. Empezaba a intentar sobreponerse al pronóstico de los doctores, la enfermedad estaba ahí pero había que olvidarla para impedir que lo atormentase, que ensombreciera ese futuro limitado. A ratos lo conseguía y A., con su optimismo, con su tendencia a comentarlo todo y a verlo todo hermoso, contribuía decisivamente. Sin embargo a veces D. se mostraba mohíno y desmañado, A. reaccionaba entonces con lamentos y reproches, que recordaban a los de una madre dominante, y el otro se defendía con humor llamándole "my mother from Málaga".

Disponíamos de hermosas vistas sobre el canal desde la habitación del hotel, una torre circular de considerable altura. Pensé que D. alquilaría una habitación para compartir con A. de modo que yo dispondría esas dos últimas noches de una merecida soledad. Pero me preguntó si había inconveniente en que D. se alojara en nuestra habitación, le recordé que había sólo dos camas pero me respondió que a D.le gustaba dormir en el suelo. Con una sonrisa cómplice, como para terminar de convencerme, me confesó que D. dormía desnudo con su larga pinga al aire...

D. durmió en el suelo y quiso despedirse de mí preparando un almuerzo en la habitación que disponía de cocina y frigorífico en un mismo espacio. Algo simple y rápido: jamón dulce y queso entre dos lonchas de pan tostado. Ya me daba igual, al día siguiente regresaba a Europa. Me senté al borde de la cama a leer cualquier cosa mientras D. preparaba las tostadas y A. se encerraba en la ducha. De pronto un fuerte olor a quemado me hizo levantar los ojos para ver a D., difuminado por una intensa humareda, batallando por apartar del fuego los panecillos ennegrecidos. Al mismo tiempo salió A. del baño, con una toalla blanca atada en la cintura, y empezó a abroncar a D. por su torpeza mientras nos apresurábamos a abrir todas las ventanas de la habitación.

Me gusta encontrarme con A. cuando viene a Europa aunque no siempre es posible. Muy a su pesar tuvo que abandonar el paraíso porque su amigo el doctor A.C., a cuya vieja amistad recurrió tras la muerte de D., decidió que ya no tenían edad para vivir en un lugar alejado de todo, instalándose en Nueva York. Uno es la emoción en grado puro, el otro es la razón. A A. le desagrada el frío y echa de menos la playa de lava, el cielo estrellado, los pajaritos rojos y tantas otras cosas. Me han invitado pero me resisto a ir porque en esa urbe grandiosa lo encontraría desubicado, como un pajarito colorado perdido en el Ártico. De hecho sería la misma sensación de extrañeza que experimentó él cuando me visitó en mi pueblo de adopción, rodeado de campos de olivos y de almendros. A mí que me conoció tan feliz en la "Ciudad Dorada de las Cien Torres"... Y es que la vida es así, a nosotros nos separó de toda la belleza del mundo.

1 Comments:

Blogger will said...

Hola
en esta pagina puedes encontrar post de belleza y mas
http://bit.ly/BellezaMexicana
adios

5:45 pm  

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